La columna vinófila: Maridaje, el sabor del encuentro

Cuando nos hablan de maridaje pensamos en elucubraciones del chef ejecutivo y el sommelier de un hotel de lujo sobre un menú de pasos exquisito y carísimo. Pero no es tan así. La acción de pensar plato y bebida en conjunto no es complicada: es más cotidiana de lo que parece, y acá te lo demostramos. 

por ANA PAULA ARIAS



Como nos encanta decir, lo popular tiene su asidero científico y viceversa. Y el maridaje no es la excepción. La combinación armónica de comida y vino se da tanto entre el foie gras y el Sauternes como entre la pizza y el champagne. Los fundamentos tienen que ver con el equilibrio. Cuando al final de una cena dejamos el plato limpio y la botella vacía, el maridaje fue un éxito.


Lo salado, a veces, va muy bien con lo dulce, como el moscato y la pizza. Los taninos, presentes en la yerba mate, barren la grasa de la boca, dejándola lista para un nuevo bizcochito. Lo mismo sucede con los taninos de los vinos tintos, que neutralizan la sensación en boca de la grasa de la carne asada. La acidez del espumante Brut Nature o Extra Brut nos hace salivar y sirve para acompañar los típicos saladitos de las recepciones. 


Como se ve, estamos muy acostumbrados a maridar. Sólo debemos trasladar los mismos principios a otras combinaciones. Y si eso resulta muy engorroso, queda un secreto: el maridaje por color. Casi siempre, si el color del vino coincide con el del plato, es un buen maridaje. Tal vez no el mejor, pero funciona. Por ejemplo, una ensalada Caesar y una copa de Sauvignon Blanc.


Por supuesto que, como en todo, hay matices. La experiencia y el criterio gastronómico van a ayudar mucho. Lo más aconsejable es ir en contra de lo que nos enseñó mamá y meternos la comida en la boca con un sorbo de vino. Si mientras masticamos todo se convierte, como en Ratatouille, en una fiesta para nuestros sentidos, entonces eso es un maridaje bien logrado. 
A probar, conocer y dejarse aconsejar. 



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