JAZZ VOYEUR EN MELIÁ: COCKTAILS, PICADA Y BUENA MÚSICA EN RECOLETA

En el subsuelo de un distinguido hotel de Recoleta, un pequeño bar de jazz es cada jueves desde 2006 el escenario de noches inolvidables de música, tragos y buena comida.

Así como el protagonista de La La Land se lamenta ante la gradual pero muy tangible desaparición del jazz en Los Angeles, también podría perfectamente un melómano porteño maldecir ante las pocas opciones que hay para escuchar ensambles de piano, trompeta, contrabajo, guitarras y voces en Buenos Aires. Hay un par de lugarcitos, es cierto, pero las opciones se agotan rápido y las posibilidades de sorprenderse escasean.

Así llegamos a Jazz Voyeur, un pequeño club dentro del hotel Meliá Recoleta que normalmente funciona como espacio de reuniones y desayunos ejecutivos, pero que los jueves por la noche (y en ocasiones los viernes) se tiñe de ambiente neoyorquino cuando las luces bajan, los vasos tintinean y se afinan las cuerdas para dar lugar a un espectáculo íntimo, entretenido y hasta sexy. Si buscan un lugar para salir de la monotonía de las citas predecibles, acá está la solución. No lo decimos por decir; el lugar está siempre lleno de parejitas de todas las edades.

Como corresponde en estos lugares, antes de que arranquen los primeros compases el lugar reserva un tiempo prudencial para que todos puedan ponerse al día, decidir qué pedir y brindar en honor a quién sabe cuántas cosas sin distraer con ruidos molestos a los artistas. La carta es breve pero completa, con algunos platos pero sobre todo con opciones de comida fácil, para comer con la mano sin tener que desviar demasiado la vista del escenario y sin depender de cubiertos.

Pedimos así una muy nutrida tabla de quesos y fiambres, y ya que estamos unos langostinos empanados, y de paso unas rabas (exquisitas), y por qué no unas brochettes de salmón blanco, y papas fritas porque siempre vienen bien, y tranquilos, porque eramos varios. Unas copas de vino, un Spritz, el infaltable Negroni, y ahí hacemos silencio.

La noche que fuimos no nos tocó jazz sino swing, y del mejor: los Héroes del Swing saben un montón ("somos bastante nerds todos, muy estudiosos", nos dice al final su hipnótica cantante/bailarina, Marina Quiroga) y se nota. La voz de Marina es un regalo que da ganas de escuchar durante horas y horas; la guitarra es perfecta, también el piano, también la batería, y además bailan que es una maravilla. La simpatía de la banda y su interacción con el público, constante sin ser nunca incómoda, convierten la noche en una de las mejores que hayamos vivido en mucho tiempo.

Suena Nina Simone, Nat King Cole, Louie Prima y cualquier cantidad de clásicos y temas que no conocíamos. Estamos aislados de la sensación de estar en un hotel, aislados de Recoleta, aislados de Buenos Aires y hasta aislados de nuestra época, y es un placer. Los teléfonos se sienten raros e innecesarios, y lo único que nos consuela cuando los Héroes se despiden es que el flan de coco es una maravilla.

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