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El sello de la libertad

Winemaker y consultor, Matías Michelini cuenta sobre sus encendidas creaciones en Passionate Wines de Tupungato.

¿Cómo contar con palabras escritas lo que late en mi corazón? Diría que era casi salvaje desde pequeño, el terror de mis padres. La libertad fue siempre mi pilar fundamental, el amor por la naturaleza, la vida al aire libre, con los sentidos siempre atentos al mundo exterior, pero con los pies bien puestos sobre la tierra.

Apicultor a los 15 años, acarreando colmenas de un lado hacia el otro, con el afán de multiplicar, ver el modo en que la naturaleza podía dar vida, a los frutales alegrarse del trabajo incansable de las abejas al convertir en miel tanto esfuerzo. Así fue como tuve mis primeras once colmenas en el jardín de casa de mamá.

A los 17 ya tenía las botas puestas lavando piletas en una bodega, hidratando levaduras que deberían transformar azúcar en vino nuevo, incansables horas tomando temperatura en las piletas fermentando, maravillado de la espuma blanca y movediza que surgía de tal generosa transformación. Pocos años después me nombrarían analista de laboratorio. ¡Qué gran título! Ya podía usar guardapolvo blanco. Seis meses me duró este entusiasmo, el encierro y el olor químico poco natural saturaron mis sentidos y capacidad de libertad. Poco después, al tener mi titulo de graduación en enología, pude volver a caminar por los pasillos de la bodega.

¡Cuánto aprendí! La paga era poca pero alcanzaba para la nafta de la moto que, a diario, me llevaba hasta Luján de Cuyo: días de vientos, lluvias, heladas y nevadas. No importaba, fue parte de la libertad que necesitaba. Hasta entonces, había caminado pocas viñas, sólo debíamos transformar en vino bueno y sano la uva que llegaba de las fincas, el primer contacto con ellas cuando llegaba el camión a la báscula, pesar, tomar muestras, llenar los CIU del INV y a moler. Mi juventud inquieta llamó la atención de un nuevo proyecto en Ugarteche, donde no existía la bodega pero sí una finca de Malbec de las de 30 años y unas cuantas hectáreas por plantar, constructores por conocer, ingenieros que ayudar y algunos tanques que ingresar en un galpón antiguo que se destinaba, años atrás, al secado de hierbas aromáticas, que ahora serían el templo para el vino.

Empecé a entender que el vino nacía de pura sensibilidad saboreando las bayas, su pulpa, su piel y que mucho importaba el color de la semilla para decidir ese día tan especial, el de la cosecha. Qué poco sabía hasta entonces.... el vino nace en el viñedo y era cierto, años más tarde comprendí que gran parte del futuro de estas uvas, plasmadas en bebida amable y generosa, dependían del viticultor, quién es -yo creo- el verdadero hacedor.
Las horas pasadas dentro de la bodega se transformaron en horas caminando los viñedos, descubriendo, interpretando cada cosa durante su ciclo. Tipos de poda, formas de conducción, desbrotes, deshojes, raleos de frutos, riego, la importancia del equilibrio en el manejo de la canopia, la importancia de la luz para la flor y el calor del sol para la madurez, ¡wow! Cuántas cosas nuevas, llenas de vida y naturaleza en su máxima expresión, aromas, colores, sonidos.

El tiempo pasaba y, en cada cosecha, ver plasmado el trabajo de todo un año en el viñedo transformarse en el vino nuevo, rebosante de notas típicas del clima de cada añada y la influencia de las condiciones climatológicas que dejan en él una marca única.

Las vueltas de la vida me llevaron en Tupungato (Valle de Uco), lugar que hoy es mi casa, donde más disfruto. El cambio al principio no fue fácil, debíamos dejar nuestras familias para mudarnos a un pueblo nuevo. Cecilia, mi mujer, con esa fuerza que sólo grandes mujeres pueden tener, me alentó, dejó de lado todas sus actividades y arraigos familiares para acompañarme en este desafío. Ella sabía que allí, en ese mundo nuevo, forjaríamos nuestro futuro.

Hoy en este Tupungato querido, estamos educando a nuestros cuatro hijos, Paula, Martina, Stéfano y Josefina… ¡Qué familión! Los años, sin lugar a dudas, fueron muy productivos.

No todo fue tan fácil: de pronto me encontré con que si uno quiere crecer, necesita saber y la parte más difícil: administrar, reuniones, abogados, arquitectos, constructores, cuadrilleros, cosechadores, operarios de bodega, personal, proveedores, contadores, presupuesto anual, gestión comercial, idiomas, viajes, etc. De repente, otra vez encerrado y por momentos sin salida, como en mis épocas de laboratorio. ¿Estaba perdiendo la libertad, aquella que desde niño me hacía volar? Cuando lean esto mis padres, sabrán por que me tiré de una ventana a los cinco, disfrazado de Superman.

Pero esta vida maravillosa siempre tiene preparado un milagro aún más grande. Tanto es así que hoy he vuelto a reunir parte de la familia aquí, sí, en Tupungato, donde Gerardo y Juan Pablo, mis hermanos, decidieron acompañarme en este mundo de pasiones viníferas. Juntos creamos una nueva bodega, casi sin reglas, donde cada uno puede expresar su máximo potencial y, lo más importante: con libertad. Aunque con esfuerzo, honestidad y dedicación como nuestro padre Rufino nos enseñó desde pequeños.

De repente, ¿por qué no? Mis propios vinos, ¡Passionate Wines! Montesco y Malbón, aquellos que, sin dudar, están llenos de libertad, entusiasmo, dedicación, esfuerzo, con una pizca de ese salvaje que llevo desde niño en mi ser, con el sudor de tantos años de esfuerzo, la naturaleza a flor de piel, el carácter del terruño del cuál me enamoré y con la ayuda de mi esposa a quien le debo tantos años de dejarla sola para poder hoy, compartir este proyecto juntos. Proyecto que he comenzado para nunca terminar, que será el que, definitivamente, me acompañará hasta el final y el que mis hijos podrán continuar, porque serán educados con el mismo afán de libertad, respeto por la naturaleza, esfuerzo en el trabajo y fundamentalmente con amor. Seguramente llegarán nuevos desafíos, nuevas viñas por plantar, nuevos proyectos, y algunas novedades que, seguramente, llevarán el sello marcado de la libertad.

El vino que me gusta hacer tiene mucho que ver con mi personalidad y el Terroir que elegí. Inquieto, con pocas reglas, muy natural, que exprese una fuerte personalidad e identidad de terruño. Diría un vino con movimiento, me refiero a una sensación de multi capas, algo salvaje pero elegante, con frutos frescos sin perder notas maduras que lo engolosinen, de ataque dulce pero compacto, de final fresco con carácter mineral. Quizás como alguien dijo “un vino para no quedar bien con nadie pero que me encanta”. Un vino sin recetas, sin análisis químicos, pura sensibilidad de adaptarse a lo que la añada nos ofrece y resaltar de ella su máxima expresión. Es el vino difícil de repetir cada año: allí esta la gracia y el placer.

Algo sobre Matías Michelini
Graduado en enología en la Escuela Vitivinícola Don Bosco, de Mendoza y, desde muy joven comenzó a trabajar en bodegas de gran renombre y prestigio internacional como Luigi Bosca, Doña Paula y Finca Sophenia (actualidad) en Mendoza. Winemaker y consultor de nuevos emprendimientos como Zorzal Wines y Bodega Tupun en Tupungato, Mendoza, en la actualidad es considerado por la prensa internacional como uno de los enólogos más exitosos de la nueva generación en Argentina. Como consultor, su experiencia contempla vendimias en el exterior como Santa Richa Chile, en Chateau Fontenil y Chateau Le Bon Pauster en Burdeos, estas dos últimas bajo la conducción de Michel Rolland. Actualmente, está logrando resaltar al máximo el potencial y expresión de los vinos de altura, ubicando al Terroir de Gualtallary en el mapa del mundo vitivinícola. Algunos de sus vinos obtuvieron la medalla de oro y Trophy, máxima distinción en el AWA 2010. Hoy, cuenta con su propio proyecto Passionate Wines con sus dos vinos de Gualtallary: Malbon y Montesco.

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