BLOG DE GASTON GUAGLIANONE
Perfección absoluta
Dom Pérignon se reinventa con cada añada y, en esa búsqueda sin fin, presenta la cosecha 2003.
El 2003 fue un año extremo en todos los sentidos. Sigue presente en el inconsciente colectivo de Francia y de la región de Champagne. Los superlativos no bastan para describir esta añada y el reto que supuso para la creación. Tras un invierno particularmente frío, seco y rudo, la primavera se anunció suave y supuestamente tranquila. Sin embargo, las heladas del 7 al 11 de abril serán para siempre recordadas por los habitantes de Champagne: la del 11, que fue la más terrible, sobre todo para el Chardonnay de la Côte des Blancs, destruyó hasta tres cuartos del potencial de la cosecha. Después de esta atípica primavera, el verano se anunció canicular desde el comienzo; los viñedos que se salvaron milagrosamente de las heladas y del granizo sufrieron los calores insoportables hasta la vendimia. Fue el verano más caliente de la región de Champaña en 53 años. Dada la maduración y la pequeña cantidad de uvas restantes, la vendimia fue la más precoz de la historia de la región desde 1822. Las uvas recolectadas fueron perfectamente maduras y sanas, comparables a las cosechas míticas de 1947, 1959 y 1976.
En ningún momento pensé en renunciar. Al contrario, se impuso en mi mente la posibilidad de aceptar el reto lanzado por ese año y hacer que Dom Pérignon dejara su huella distintiva en la añada, comenta ahora Richard Geoffroy, Chef de Cave y creador de Vintages de la legendaria casa de espumantes. Todo el mundo pronosticaba un vino solar, muy potente y de rápida evolución. Un verdadero reto para la creación de Dom Pérignon. Por tanto, tenía que interpretarlo de modo diferente. Tenía que tomar riesgos, superarme, y ahora llega la recompensa. La intensidad es sello distintivo y memoria de la añada 2003.
La expresión del vino es paradójicamente menos solar, menos extrovertida de lo que las condiciones climáticas hubieran sugerido. Más que la fuerza o la riqueza, lo extraordinario en este caso es la intensidad, una sensación difusa, acompasada, mineral. Esa presencia profunda y segura que aún persiste se convierte en la memoria del vino. Después de ocho años de maduración en bodega, la singularidad del Vintage 2003 se funde con la del mítico Dom Pérignon. En nariz el bouquet evoluciona en espiral. Primero, la suavidad floral y luminosa, luego la mineralidad tan típica de Dom Pérignon, el carácter afrutado confitado, la nota vegetal, el frescor increíble de la hoja de alcanforero para sumergirse por fin en la oscuridad, las especias, el regaliz. En boca el vino se vuelve aún más físico. Intriga e incita, más táctil y vibrante que aromático. Su construcción se basa más en el ritmo y la ruptura que en la melodía. Primero avanzamos sobre una nube de delicadeza antes de enfrentarnos a una verticalidad mineral, que se estira lentamente, noblemente amarga, yodada, salina. Es una bendición cuando la naturaleza concentra la fruta como lo ha hecho para la añada 2003. Este champagne sumamente rico se podrá degustar también dentro de mucho tiempo. Probablemente en treinta o más años, comentó el especialista en burbujeantes Richard Juhlin.
revista CUISINE&VINS 325
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